en una escena de San Nicolás del Peladero
A mis amigos del Facebook,
a quienes me compartieron las anécdotas.
Desencajada por estos friazos árticos que nos hemos gastado la semana pasada en el valle de México, el viernes me quejé de la ambiental gelidez haciendo uso de esa faceta trivial y frívola del Facebook donde, como dice Frank Zárate, la gente suele hacer gala de sus miserias humanas y su dosis de bobería. Puse allí: “Este frío está de la repi…” Los contertulios empezaron a comentar y mi vecino de la niñez y viejo amigo Alberto Contreras nos contó que en Chile lo mismo hace un frío de la “repi” que un calor de la “resin”. Entonces Elia Martínez-Rodarte, mi admirada y regia colega, siempre tan curiosa de los cubanismos desde que su anfitriona de allá le dijo que le haría un arroz con pollo y un potaje que “te cai patrá” [o sea, te caes para atrás], preguntó qué significaban los respectivos apócopes y le fueron aclarados lacónica pero sustanciosamente.
Acto seguido, Contrera engoló su voz virtual, como locutor viejo, y apuntó: “Éste fue el minuto cultural de la mala palabra”. Y automáticamente me acordé de la locutora de la madrugada en Radio Enciclopedia que anunció, con esa voz sexy que suelen tener las cubanas: “A continuación, Water Murphy con El vuelo del moscardón” y sin darse cuenta de que el micrófono seguía abierto, un bostezo descomunal precedió a la frase: “Ay cojones, qué sueño tengo”...
Sin lugar a dudas, el gran hito de las pifias televisivas cubanas fue el de Armando Calderón en La comedia silente. Los domingos en la mañana, como parte de la programación infantil, pasaban en el Canal 6 una serie de cortos del cine mudo que Calderón iba narrando en vivo —no había entonces grabaciones previas ni trasmisiones diferidas—. El hombre se engolosinaba en detalles y ocurrencias con una creatividad y una soltura dignas de asombro. En una de aquellas escenas, algo así como la guerra de los pasteles o un Songo le dio a Borondongo y Borondongo le dio a Bernabé, casi asfixiado por la celeridad que el capítulo le exigía, concluyó: “¡Esto está de pinga, queridos amiguitos!” La frase se insertó en ese mismo instante y para siempre en el lenguaje popular y se repite a diestra y siniestra cada vez que la cosa está que arde —o sea, constantemente.
Para un extranjero, pocas cosas hay tan subyugantes como las expresiones populares de otro país. Cuentan que cuando el actor español Juan Echanove fue al programa sabatino Contacto, Raquelita Mayedo le preguntó cómo se sentía en Cuba y él le soltó, convencido de estar tocando la cumbre del aplatanamiento: “Pues de pinga”. La muchacha trató de explicarle que la expresión —a pesar de Armando Calderón— no era muy apropiada para decirse en público, y menos en televisión, y el hombre respondió: “Bueno, perdón, pero es lo que más he oído desde que llegué a Cuba”.
Nela del Rosario era, por entonces, una señora ya mayor y arregladísima, muy propia, que anunciaba los cambios de programa. Una de aquellas noches, a punto de comenzar la transmisión de una famosa serie, Nela, haciendo un rotundo movimiento de cabeza y hasta una pausa confirmatoria, sentenció: “A continuación, el próximo capítulo de Los Rosenberg… deben morir”... Un segundo después se dio cuenta del terrible error y alargando la mano hacia la cámara e incorporándose a medias intentó corregir: “No, no deben morir, no deben morir...”
A Nela del Rosario la dejaban segundos y segundos con la sonrisa enfriándosele frente a la lente mientras preparaban la entrada del próximo programa. Ella sostenía estoicamente la mirada tratando de que el estiramiento de las comisuras no menguara ni diera cuenta de su molesta situación. Pero del mismo modo en que había esas demoras, solía haber cortes intempestivos que no daban tiempo a ninguna explicación, como le pasó a Miguel Ángel Alea en un enlace del Noticiero Nacional a Santiago de Cuba. Estaba dando las noticias de la zafra cuando le anunciaron que a la transmisión le quedaban sólo unos segundos y el gordo se apuró a decir: "...esto es lo que hacemos los santiagueros para cumplir con la premisa de nuestro Partido de hacer menos con más"... Corte a La Habana, se va el enlace y el pobre hombre se queda rojo como tomate imaginándose el catálogo de regaños y castigos que iba a caerle encima.
Santiaguera era también Sonia Suárez, aquella morenaza que empezó como locutora en Tele Turquino pero, gracias a su simpatía —y quién sabe si a otras mañas—, se la llevaron a La Habana, al Noticiero Nacional. Allí le encargaron las breves internacionales y en una de sus apariciones, anteponiendo, cual es costumbre, el país donde se origina el despacho de prensa, aquélla leyó —que ya había prompter o algo similar—: “Madascagar…” Revolviéndose entre contener la risa, disimular la pena y sacar a flote el asunto, decidió rectificar y repitió contundente: “Madascagar”… ¡Ni modo!, diríamos en México.
Como bien comentó Ana Zilma, hay mucho de leyenda en estas anécdotas que generalmente nadie cuenta de primera mano, como testigo ocular o auditivo, sino por la larga tradición oral que nos hace repetirlas una y otra vez muertos de risa, como chistes de Pepito. Los martes en la noche había en el Canal 6 —el único entonces, porque Tele Rebelde era local— un panel integrado por tres luminarias de la academia cubana: Gustavo Du Bouchet, María Dolores Ortiz y Humberto Galis Menéndez. Los televidentes mandaban nombres, temas, hechos históricos, obras de arte y personajes descollantes de la cultura universal que los doctores adivinaban a través de preguntas que los acercaran al resultado. Sólo podían cometer diez errores y casi nunca llegaban a ese monto.
Hay que apuntar, en este caso, antes de pasar al suceso en cuestión, que como en todas las culturas el 13 está cargado en Cuba de connotaciones “negativas”. Cuando una cuenta llega a ese número, suele decirse 12 + 1 o saltarse del 12 al 14 para evitar que los muchachos bromeen —y se jodan al otro— con un versito rimado que, al decir trece, acota: “si me la mamas, crece”. Supongo que en cierto momento, alguien, en respuesta a esa invitación no pedida y por lo general molesta, le espetara al gracioso, con gesto de “vete al carajo”, la conminación: “¡Tócate!” A partir de entonces, la cuenta numérica solía ser: 11, 12, tócate, 14…
Hablando, pues, de lo posiblemente irreal de estos chuscos acontecimientos televisivos, es difícil imaginar a una mujer tan fina y atildada como la doctora Ortiz —en aquella época, en la que todavía se era bastante celoso con los valores y la propiedad del lenguaje, y en aquel programa especializado en arte y cultura— diciéndole a su compañero de Escriba y lea, quien acababa de adivinar “el número 13”: “Ay, Du Bouchet, discúlpame chico, pero... ¡Tócate!”
Como toda transmisión de la época solía ser en vivo, con actores muy profesionales, curtidos en la improvisación que salvara cualquier pérdida de memoria, y como no existían los “apuntadores” que les soplaran al oído la siguiente frase, abundaban los chascarrillos alejados del guión original, especialmente en los programas de comedia. Uno de los más famosos fue San Nicolás del Peladero, con un elenco de primera y una trama que satirizaba la vida en un pueblo de provincia durante la república —dizque mediatizada—, antes de la revolución. María de los Ángeles Santana, que encarnaba a la alcaldesa del poblado, tenía un mayordomo de nombre Agamenón, al que llamaba con filigranas vocales que asombraban a la mismísima escala musical. Cuentan que en uno de los capítulos, habiéndose tardado Agamenón más de lo previsto, recibió el regaño de su ama: “La próxima vez que te demores en llegar cuando te llamo, se lo voy a decir al CDR”. Y acto seguido, con una risita entrecortada acotó: “Ay no, chico, no… a quien se lo voy a decir es al alcalde, a mi marido Plutarco Tuero”.
Dice Contreras que en uno de los capítulos de Juan Quinquín en Pueblo Mocho, aquellas Aventuras que también se transmitían completamente en vivo, Julito Martínez sacó la pistola para matar a uno de los guardias; el responsable de los “efectos especiales” andaba entretenido o le fallaron los rudimentarios instrumentos con que se remedaban los sonidos, y la pistola no “disparó”. Julito, con su habitual seguridad y entereza, la guardó en su cartuchera, volvió a sacarla e hizo “¡pum!” con su propia boca. Al “caer muerto” el guardia sin mayor dilación; Julito miró a la cámara fijamente y afirmó: “Es que estas pistolas eran del carajo, ¿sabe?”
Y terminemos con una de Radio Reloj, esa estación que da la hora e intercala noticias y comentarios culturales entre minuto y minuto. Por lo general se van alternando dos locutores, para que las voces distintas traten de salvar la insalvable y desquiciante monotonía del concepto en sí. Cuentan que uno de ellos leyó la semblanza de José Raúl Capablanca el día en que se conmemoraba el aniversario de la muerte del magistral ajedrecista. A continuación anuncian el minuto exacto y, accidentalmente, el segundo locutor comienza a leer la misma nota. Al percatarse del desliz, lo repara afirmando con toda seriedad: “José Raúl Capablanca murió... en el minuto anterior... Radio Reloj da la hora...” Tac, tac, tac… clin!
Acto seguido, Contrera engoló su voz virtual, como locutor viejo, y apuntó: “Éste fue el minuto cultural de la mala palabra”. Y automáticamente me acordé de la locutora de la madrugada en Radio Enciclopedia que anunció, con esa voz sexy que suelen tener las cubanas: “A continuación, Water Murphy con El vuelo del moscardón” y sin darse cuenta de que el micrófono seguía abierto, un bostezo descomunal precedió a la frase: “Ay cojones, qué sueño tengo”...
Sin lugar a dudas, el gran hito de las pifias televisivas cubanas fue el de Armando Calderón en La comedia silente. Los domingos en la mañana, como parte de la programación infantil, pasaban en el Canal 6 una serie de cortos del cine mudo que Calderón iba narrando en vivo —no había entonces grabaciones previas ni trasmisiones diferidas—. El hombre se engolosinaba en detalles y ocurrencias con una creatividad y una soltura dignas de asombro. En una de aquellas escenas, algo así como la guerra de los pasteles o un Songo le dio a Borondongo y Borondongo le dio a Bernabé, casi asfixiado por la celeridad que el capítulo le exigía, concluyó: “¡Esto está de pinga, queridos amiguitos!” La frase se insertó en ese mismo instante y para siempre en el lenguaje popular y se repite a diestra y siniestra cada vez que la cosa está que arde —o sea, constantemente.
Para un extranjero, pocas cosas hay tan subyugantes como las expresiones populares de otro país. Cuentan que cuando el actor español Juan Echanove fue al programa sabatino Contacto, Raquelita Mayedo le preguntó cómo se sentía en Cuba y él le soltó, convencido de estar tocando la cumbre del aplatanamiento: “Pues de pinga”. La muchacha trató de explicarle que la expresión —a pesar de Armando Calderón— no era muy apropiada para decirse en público, y menos en televisión, y el hombre respondió: “Bueno, perdón, pero es lo que más he oído desde que llegué a Cuba”.
Nela del Rosario era, por entonces, una señora ya mayor y arregladísima, muy propia, que anunciaba los cambios de programa. Una de aquellas noches, a punto de comenzar la transmisión de una famosa serie, Nela, haciendo un rotundo movimiento de cabeza y hasta una pausa confirmatoria, sentenció: “A continuación, el próximo capítulo de Los Rosenberg… deben morir”... Un segundo después se dio cuenta del terrible error y alargando la mano hacia la cámara e incorporándose a medias intentó corregir: “No, no deben morir, no deben morir...”
A Nela del Rosario la dejaban segundos y segundos con la sonrisa enfriándosele frente a la lente mientras preparaban la entrada del próximo programa. Ella sostenía estoicamente la mirada tratando de que el estiramiento de las comisuras no menguara ni diera cuenta de su molesta situación. Pero del mismo modo en que había esas demoras, solía haber cortes intempestivos que no daban tiempo a ninguna explicación, como le pasó a Miguel Ángel Alea en un enlace del Noticiero Nacional a Santiago de Cuba. Estaba dando las noticias de la zafra cuando le anunciaron que a la transmisión le quedaban sólo unos segundos y el gordo se apuró a decir: "...esto es lo que hacemos los santiagueros para cumplir con la premisa de nuestro Partido de hacer menos con más"... Corte a La Habana, se va el enlace y el pobre hombre se queda rojo como tomate imaginándose el catálogo de regaños y castigos que iba a caerle encima.
Santiaguera era también Sonia Suárez, aquella morenaza que empezó como locutora en Tele Turquino pero, gracias a su simpatía —y quién sabe si a otras mañas—, se la llevaron a La Habana, al Noticiero Nacional. Allí le encargaron las breves internacionales y en una de sus apariciones, anteponiendo, cual es costumbre, el país donde se origina el despacho de prensa, aquélla leyó —que ya había prompter o algo similar—: “Madascagar…” Revolviéndose entre contener la risa, disimular la pena y sacar a flote el asunto, decidió rectificar y repitió contundente: “Madascagar”… ¡Ni modo!, diríamos en México.
Como bien comentó Ana Zilma, hay mucho de leyenda en estas anécdotas que generalmente nadie cuenta de primera mano, como testigo ocular o auditivo, sino por la larga tradición oral que nos hace repetirlas una y otra vez muertos de risa, como chistes de Pepito. Los martes en la noche había en el Canal 6 —el único entonces, porque Tele Rebelde era local— un panel integrado por tres luminarias de la academia cubana: Gustavo Du Bouchet, María Dolores Ortiz y Humberto Galis Menéndez. Los televidentes mandaban nombres, temas, hechos históricos, obras de arte y personajes descollantes de la cultura universal que los doctores adivinaban a través de preguntas que los acercaran al resultado. Sólo podían cometer diez errores y casi nunca llegaban a ese monto.
Hay que apuntar, en este caso, antes de pasar al suceso en cuestión, que como en todas las culturas el 13 está cargado en Cuba de connotaciones “negativas”. Cuando una cuenta llega a ese número, suele decirse 12 + 1 o saltarse del 12 al 14 para evitar que los muchachos bromeen —y se jodan al otro— con un versito rimado que, al decir trece, acota: “si me la mamas, crece”. Supongo que en cierto momento, alguien, en respuesta a esa invitación no pedida y por lo general molesta, le espetara al gracioso, con gesto de “vete al carajo”, la conminación: “¡Tócate!” A partir de entonces, la cuenta numérica solía ser: 11, 12, tócate, 14…
Hablando, pues, de lo posiblemente irreal de estos chuscos acontecimientos televisivos, es difícil imaginar a una mujer tan fina y atildada como la doctora Ortiz —en aquella época, en la que todavía se era bastante celoso con los valores y la propiedad del lenguaje, y en aquel programa especializado en arte y cultura— diciéndole a su compañero de Escriba y lea, quien acababa de adivinar “el número 13”: “Ay, Du Bouchet, discúlpame chico, pero... ¡Tócate!”
Como toda transmisión de la época solía ser en vivo, con actores muy profesionales, curtidos en la improvisación que salvara cualquier pérdida de memoria, y como no existían los “apuntadores” que les soplaran al oído la siguiente frase, abundaban los chascarrillos alejados del guión original, especialmente en los programas de comedia. Uno de los más famosos fue San Nicolás del Peladero, con un elenco de primera y una trama que satirizaba la vida en un pueblo de provincia durante la república —dizque mediatizada—, antes de la revolución. María de los Ángeles Santana, que encarnaba a la alcaldesa del poblado, tenía un mayordomo de nombre Agamenón, al que llamaba con filigranas vocales que asombraban a la mismísima escala musical. Cuentan que en uno de los capítulos, habiéndose tardado Agamenón más de lo previsto, recibió el regaño de su ama: “La próxima vez que te demores en llegar cuando te llamo, se lo voy a decir al CDR”. Y acto seguido, con una risita entrecortada acotó: “Ay no, chico, no… a quien se lo voy a decir es al alcalde, a mi marido Plutarco Tuero”.
Dice Contreras que en uno de los capítulos de Juan Quinquín en Pueblo Mocho, aquellas Aventuras que también se transmitían completamente en vivo, Julito Martínez sacó la pistola para matar a uno de los guardias; el responsable de los “efectos especiales” andaba entretenido o le fallaron los rudimentarios instrumentos con que se remedaban los sonidos, y la pistola no “disparó”. Julito, con su habitual seguridad y entereza, la guardó en su cartuchera, volvió a sacarla e hizo “¡pum!” con su propia boca. Al “caer muerto” el guardia sin mayor dilación; Julito miró a la cámara fijamente y afirmó: “Es que estas pistolas eran del carajo, ¿sabe?”
Y terminemos con una de Radio Reloj, esa estación que da la hora e intercala noticias y comentarios culturales entre minuto y minuto. Por lo general se van alternando dos locutores, para que las voces distintas traten de salvar la insalvable y desquiciante monotonía del concepto en sí. Cuentan que uno de ellos leyó la semblanza de José Raúl Capablanca el día en que se conmemoraba el aniversario de la muerte del magistral ajedrecista. A continuación anuncian el minuto exacto y, accidentalmente, el segundo locutor comienza a leer la misma nota. Al percatarse del desliz, lo repara afirmando con toda seriedad: “José Raúl Capablanca murió... en el minuto anterior... Radio Reloj da la hora...” Tac, tac, tac… clin!





